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Escrito de gente que pasó por Estepona (parte
3)
Mi misión en
España (traducción F. J. Albertos)
Claude G. Bowers
1954
“Cuando hubo
llegado suficiente cantidad de soldados italianos, empezó el ataque contra
Málaga. El 13 de enero de 1937, los buques
rebeldes bombardearon la ciudad y al día siguiente el ejército rebelde, con
miles de italianos, bajo el mando de Queipo de Llano, se enfrentaron en
sangrienta batalla con grandes pérdidas por ambos lados, en Estepona, a unas
cuarenta millas de la ciudad de Málaga. Los
bombarderos alemanes se mostraron activos.
Los buques de guerra bombardearon la
carretera. Dentro
de Málaga se produjo confusión, discordia, falta de coordinación, y los
elementos extremistas que habían luchado entre sí en las calles siguieron
peleando entre sí.”
Rapsodia española
(trad. F.J.Albertos)
R.A.N.Dixon
1955
“Pero nosotros
también necesitábamos acomodación. Lo encontramos en Estepona, cuarenta y seis
millas más allá. El hotel se llamaba el Santa Marta y realmente era un racimo
encantador de chalets, atractivos y recién construídos y con una bonita
presentación de comedor comunal, bar, salón y terraza a 100 yardas del mar.”
Jubilarse al sol (trad.
F.J.Albertos)
Cecil Chisholm
1961
“Limpio, sencillo,
el país español es así, con sierras coronadas de nieve que se ven detrás y la
orilla del mar que se ve intermitentemente. Pero, ¡cuán atestada de gente está
esta atractiva costa! Vd está viendo algunas de las más playas más populares de
España: la exquisita Estepona, la elegante Marbella, la extensa Torremolinos.”
España del Sur (trad.
F.J.Albertos)
Eric Whelpton
1964
“Desde lejos,
Estepona parece atractiva con sus blancas casas y su ocre torre de la iglesia.
Cuando penetramos en esta población, nos pareció lamentable y empobrecida y no
higiénica en particular. Quizás el pronto desarrollo turístico pueda traer
prosperidad en su curso y entonces quizás Estepona será tan atractiva como en
todos los lugares a lo largo de esta costa. La hermosa vista del sol y de las
montañas está allí, todo lo que se necesita es más dinero y esperanza en el
futuro.”
Páginas de Andalucía
Ramón Ledesma Miranda
1964
“La ilustre Villa de
Estepona
Gentes alegres y jóvenes
Llegamos a Estepona al atardecer y
nos hallan las primeras luces paseando por la calle Real, la calle principal de
la villa, a la vez paseo de invierno, pues el de verano o del Carmen, próximo a
la Marina, está desierto a estas horas. Ambos corren de este a oeste de la
ciudad, y el último, con sus filas de castaños y sus casas enjalbegadas, de
recios portalones y finos y bien dibujados voladizos es amplio y suntuoso, y por
él discurren, hasta altas horas de la noche, gentes alegres y jóvenes que
prefieren velar charlando y riendo, a la luz de los astros y del alumbrado
municipal, que recogerse alrededor de la camilla, donde arde el brasero
perfumado con alhucemas.
-¿Tanto se trasnocha en
Estepona?-preguntamos a un vecino que nos saluda amablemente.
-Sobre todo la gente joven.
-Esto es una feria permanente.
-Los muchachos y muchachas tienen
mucho que decirse a estas horas.
Nocturno en la almenada villa
Estepona se asienta sobre dos
colinas que descienden suavemente hacia el mar y la surcan tres torrentes que
nacen al pie de sierra Bermeja, el de la Cala, a levante, a un extremo de la
villa, y el de Monterroso, a poniente, en el otro extremo. Y hay uno central, el
Calancha, hoy cegado y abovedado, que constituye una moderna calle, antaño canal
cruzado por un puente sin duda más modesto que el de los Suspiros. La calle Real
llega al pretil de Monterroso y allí forma una explanada donde se celebran las
ferias y se instalan los carruseles y tiovivos y el quiosco de la música.
La noche de febrero es limpia y
clara, el ambiente dulce y templado, y el blanco caserío, tocado por la luz
lunar, irradia la luminosidad del amanecer.
-¡Qué luz la de esta noche!-comenta
Paulina Ferrand-. Diríase que se prolonga el día, que aquí el día no se extingue
jamás.
-Y es una noche de febrero... Sin
embargo, hace apenas una semana hubo nieve en la cumbre de los reales, tras de
cuya cima, que domina el Estrecho y la costa de Africa, crece el pinsapo.
-¿El pinsapo?
-Sí, árbol bellísimo y raro de
nuestra sierra de Ronda; árbol, también, de las cimas africanas del Atlas. Es un
abeto monumental que parece haber arrebatado todas sus gracias al sauce y a la
araucaria, al ciprés y al pino. El ramaje de esta conífera parece bordado en
punto de cruz, y en sus pequeñas e innumerables cruces prende una floración
llameante. Hay en los pueblos de la sierra un verdadero culto al pinsapo; en las
romerías y fiestas populares se adornan los carros y los mulos con el brillante
ramaje que siembra de cruces las grande ruedas y los testuces de los bueyes.
Giramos a la ciudad nuestra
nocturna visita. Muchas puertas y ventanas están aún abiertas. Hay en algunas
casas pequeños patios cuyos arcos y fuente central toca la luna con su tibia
palidez. Durante las noches de invierno, los ancianos juegan a la lotería en los
hogares modestos, esperando la llegada de los jóvenes, que ambulan por la ciudad
y el paseo. Aparte del Ejido, dos son las mejores plazas de Estepona: la llamada
de la Cárcel, donde está la prisión y el hospital y de donde desapareció el
Ayuntamiento hace ya muchos años, y la plaza Vieja, donde hoy se encuentra. Y es
ésta la segunda en importancia de las plazas y plazuelas de Estepona.
La antigua iglesia parroquial data
del siglo XV y fue mandada construir por el Rey Enrique IV en las postrimerías
de su reinado. Aderezábase entonces la ciudad, el templo y el castillo para la
cristiandad, después de haber sido arrasado el pueblo moro hasta sus cimientos.
De dicho templo parroquial, muchas veces restaurado con arreglos a nuevos gustos
y estilos y, finalmente ruinoso, sólo queda la torre, que vigila el grupo
escolar, adosado a ella, y construido en las propias ruinas del templo. Fue el
inspirador de ese edificio don Simón Fernández, benefactor de la ciudad en los
últimos años de la monarquía. Otra torre, la del convento de San Francisco, se
erige en la vigente parroquia de Estepona, antaño casa religiosa de los
Terciarios, sobre el solar de la ermita de la Vera Cruz, santa y milagrosa. En
esta iglesia y al pie de ella estuvo muchos años el cementerio de la villa, hoy
alejado de ésta y en la actualidad se forma allí una plazuela donde existen
restos de vieja tracería y muros ruinosos. Del ángulo de la iglesia parte la
calle llamada Vía Crucis hasta la falda de la sierra, donde se halla la ermita
del Calvario. Y la luz de esta ermita señala a los pescadores el lugar del gran
banco de pesca de las copiosas playas de Estepona. Frente a la iglesia está el
castillo, el viejo castillo de San Luís, señalando la piedra madre de la villa,
quizá el solar de la primitiva Estepona (la Astapa primigenia, la Alexthebuna
musulmana), hoy aherrojado entre el caserío, encadenado al vivir presente, igual
que el castillo de Marbella, y sobre cuyos cubos y adarves medran plantas
parasitarias y hasta frondosos árboles.
No hay ilusión comparable a la del
pueblo de noche, sobre todo si el mar lo baña, el mar iluminado, y si los
recuerdos lo llenan de dulces resonancias y hondos estremecimientos. En ella
todo se hace pasado, hasta el barrio del Cristo con sus casitas iguales y
flamantes, muchas de las cuales aún no han empezado a latir con las vidas y los
corazones que las aguardan... En ese nuevo barrio que visitamos debido a la
inspiración del señor cura párroco, y al celo protector del Estado, con sus
jardincillos de trepadoras y glicinas y todas sus esperanzas risueñas.
Alegrías y rivalidades y “Carta de Villazgo”
Durante la siguiente jornada, la
deslumbradora luz del día devuelve a la villa de Estepona sus contornos reales y
su acomodamiento a la vida cotidiana. Por el lado de Poniente es el último gran
pueblo de Málaga. Más allá, pasado el río Guadiaro, comienza la provincia de
Cádiz. Así se acentúa en este último (tal ocurre siempre en los limítrofes) los
rasgos más acusados del malagueñismo, esa hermosura al desgaire, a la vez
inocente y bravía, que trae en el alma el pescador si es hijo, igualmente, del
mar y de la montaña.
Cuando se llega a Estepona,
procedente de Marbella, se deja una beldad acicalada y coqueta por una hermosura
natural que apenas vislumbra sus encantos. Marbella y Estepona viven desde hace
siglos una de esas curiosas rivalidades que no dejan de sorprender al viajero.
Ambos pueblos envían a la pesca sus laúdes y sus traiñas, pero éstas no acaban
de unirse en la común faena, ya que de ser así se escucharían pronto, de una y
otra parte, los más insólitos improperios.
-¿A qué se deben estas rivalidades
de los pueblos vecinos?-pregunta Paulina Ferrand, sorprendida.
-En el caso de Estepona y Marbella
se impone apreciar en toda su extensión el carácter esforzado y heroico de los
esteponeros, reflejado en su larga y accidentada historia. Los historiadores
hacen resaltar la fidelidad de la antigua Astapa a los cartagineses (la
población era de origen libio-fenicio), que hizo de la defensa de sus torres y
murallas otro heroico y abnegado Sagunto. Andando los tiempos, sería arrasada
nuevamente por mandato de Enrique IV, enconado contra los Reyes de Granada, y de
entonces data sobre las ruinas de Estepona la Vieja el pueblo actual con su
castillo. Pero unida a Marbella, tan aguerrida plaza carecía de propia
jurisdicción, hasta que Felipe V la hizo villa independiente en la célebre
“Carta de Villazgo”, cuyo original se conserva en el archivo del Ayuntamiento.
-No deja de ser pasmoso-considera
Paulina-que aún haya el eco de estos lances en esos pobres pescadores que
seguramente los ignoran.
Personalidades de Estepona. El puerto.
He invitado a Paulina Ferrand a
visitar a algunos amigos. Nada nos envanece más que contar con amigos en tantos
lugares de España, gentes a las que hemos escuchado y con las que hemos
conversado en largas y cordiales pláticas.
-Insisto a usted una vez más-digo a
mi joven compañera- en que España son estas gentes cuyos caracteres aún no han
perdido su enlace con los típicos individuos de nuestra raza que han paseado el
mundo en otras edades y que no acaban de extinguirse, pese a los banales
esfuerzos de Madrid, porque su aliento no es de ahora.
El historiador de Estepona, don
Francisco Aragón, vive en Málaga hace ya muchos años. Acaso no haya alusión o
referencia a la patria chica que éste no haya anotado amorosamente en sus
cuadernos. Comparte el amor y conocimientos a su ilustre villa con los estudios
cervantinos y la devoción a nuestro señor don Quijote de la Mancha. En Estepona
vive su familia, hermanos y sobrinos... Allí, en la vieja farmacia que regenta
su hermano don José, hallamos al joven médico don Eduardo Aragón; al párroco,
don Manuel Sánchez Ariza, y al alcalde, don Francisco Arbós. Todavía las
reboticas son lugares de reunión y de plática en muchos pueblos de la vieja
España. Hablar en Estepona de la familia Aragón es aludir a la misma tradición
de la villa y a cuanto en ella hay de ilustre y noble. Estos amigos nos
acompañan al hospital de la Caridad, perfecto en su clase, que estrena a la
sazón un nuevo equipo quirúrgico; a la Cooperativa Agrícola, antiguo pósito,
ejemplar en toda la provincia.
Caminamos hacia el puerto, a un
kilómetro de la villa. El puerto está en obras. Se reconstruyen y prolongan sus
espigones, se draga la pequeña dársena, siempre amenazada por la acumulación de
las arenas, a fin de dar cumplido albergue a las naves de pescadores. Hoy se
deja sentir en todo el litoral de España la crisis pesquera, debida a múltiples
causas, y no en pequeña escala a los brutales procedimientos de captura puestos
en boga por los polvoristas y dinamiteros del mar, pero las eternas prácticas y
maniobras de esas milenarias artes siguen caracterizando los trabajos de los
pescadores de Estepona, como si la nave que hay junto al castillo de su escudo
les inspirase siempre el camino que no han de abandonar. De antiguo ha sido
Estepona uno de los pueblos más pesqueros del Mediterráneo, y muchas ciudades
del interior de España como Madrid, Ciudad Real, Cáceres, Jaén y Badajoz han
sido sus mercados. Cuando en 1942 se acentuaba la campaña en pro de la
extensión, limpieza y prolongación del puerto, ésta apoyaba sus exhortaciones al
Poder público en el interés nacional. Aquel año contaba ya la flota de Estepona
con treinta y nueve barcos, en un total de mil cincuenta toneladas, y en sólo
veinte días de aquel año la entrada en el puerto arrojaba cerca de mil toneladas
de pescado. La actividad de sus seis fábricas de salazones era bien conocida en
todo el área del país.
Desde uno de los espigones del
puerto miramos a Poniente hasta Manilva, en la sierra y la barriada de
Sabinillas, sobre el mar, y sabemos que allá, junto al cabo Sardina, está la
raya del Guadiaro y el límite de la provincia de Málaga con la risueña Cádiz.
Pedid y se os dará
De regreso al centro de la villa,
hemos almorzado en Miramar, en la terraza de cristales; nos acompañan los
Aragón, el señor párroco, el Alcalde y otras personalidades. Don Manuel Sánchez
Ariza, el cura párroco, nos ha prohibido hablar de su labor en este pueblo.
-Pero el barrio del Cristo se debe
a su esfuerzo y a su perseverancia... Y las nuevas escuelas, y...
-Nada habríamos hecho sin la
protección del Estado, y traer a colación nuestros pretendidos méritos sería
adornarse con plumas ajenas.
-Sin embargo, padre, ni el estado
ni la corte celestial se moverían sin nuestro esfuerzo y el valor de nuestras
propias acciones. “Pedid y se os dará”, dice el evangelio.
-Sí, Madrid está lejos-tercia uno
de nuestros comensales-, hay montañas y llanuras hasta llegar a sus rascacielos
de hormigón y a sus arcos fluorescentes, hace falta un gran esfuerzo para atraer
la mirada sobre esta nave anclada junto al castillo que hay en el escudo de
Estepona.”
Cuando partí
una mañana de verano
Laurie Lee
1969
“El camino a
Málaga seguía una costa hermosa, pero consumida, aparentemente olvidada del
mundo. Recuerdo los nombres: San Pedro, Estepona, Marbella y Fuengirola… Eran
pueblos de pescado salado, escuálidos, que odiaban el mar, y maldecían su lugar
en el sol. En aquel entonces, nadie habría comprado la costa toda por un chelín.
Ni hay hoy emperador que pueda comprarla.”
Cuadernos de La Romana
Gonzalo Torrente Ballester
1975
“Cuando yo vivía por estas riberas –más
exactamente en Estepona, a unos veinticinco kilómetros-, y la vida era
tranquila, había unas señoritas llamadas de Tejerina, casi centenarias, que
tenían una casa bellísima en la Plaza Mayor de Estepona; solían invitarme a
merendar y contarme historias de sus viajes. Paca, la menor, era charlatana y
mentirosa; Carmen, la otra, seria y veraz. Los cuentos los contaba Paca, y si se
excedía, Carmen la reconvenía discretamente. Un recuerdo de estas hermanas queda
en las tías de Lilaina Aguiar, en mi “Saga/Fuga”. Me hubiera gustado volver a
Estepona, buscar aquella casa que recuerdo con tanta precisión: su amplio patio
de arcadas cerradas de cristaleras multicolores y lleno de plantas, fuentes y
arcaduces que hacían fresco el calor. Pero el viaje a Estepona quedó para otra
vez.”
Nuevos cuadernos de La Romana
Gonzalo Torrente Ballester
1976
“6 de diciembre.
Estepona, por fin. Mi paso y estancia en esta
ciudad data de 1922. Allí cumplí los doce años, y entre mis actividades de
entonces se llevaban buena parte del tiempo, más o menos como en los que le
siguieron, y no me atrevo a decir que como en los presentes, la literatura y el
amor. A qué autor plagiaba entonces no consigo recordarlo: acaso al de “Las
minas del Rey Salomón”, que allí leí. En Estepona tuve mi primer “Quijote”,
regalo de un caballero, cojo él, por más señas, a quien no sé si inquietaba o
sorprendía mi afición a la lectura. Por lo que al amor respecta, la niña de mis
sueños se llamaba Anita, tenía grandes ojos negros y largas trenzas endrinas, y
lo más probable es que jamás me haya correspondido, porque un niño tímido, de
gafas, que no entendía de toros y usaba una fonética más bien dura a los oídos
dulcificados de una andaluza, no podía ser objeto amable. Esto no quiere decir
que no haya tenido mis éxitos: a las muchachas mayores y a las señoras les hacía
gracia la corrección con que pronunciaba el castellano, me invitaban a merendar
para oírme hablar y a algunas de ellas le gustaban también mi tez y mis cabellos
claros. Una, mayorcita ya (al menos para mi estimación de entonces), en una de
esas meriendas, después de acariciarme la cabeza, dijo a su madre: “Mírale,
mamá, no tiene na de gitano”. Evidencia racial que todavía persiste y que no sé
si lamentar o no. Años después aprendí a estimar a los gitanos.
Pero lo que busqué hoy en Estepona fue la
ciudad, y la hallé, no digo intacta, pero escasamente vulnerada, tras las
modernas edificaciones turísticas de la playa. En general, respondió a mis
recuerdos de tal modo que todo lo pude identificar. La casa en que yo vivía, en
la plaza, permanece sin otro aditamento que una puerta más abierta en la
fachada. Hoy es un hostal. Casi enfrente se mantiene aún, aunque modificada, la
casa, o más bien palacio, de las señoritas de Tejerina, de quienes hablé aquí
hace un año, viejas, feas y adorables por su simpatía. Interrogué a un anciano,
quien me explicó que lo habían dejado todo a la Iglesia, que de su casa se había
hecho hospital, y que hoy, ya sin funciones, está abandonada a los pájaros.
Ignoro cuál será la situación, qué modificaciones habrán introducido en su
interior, que recuerdo como ejemplo máximo de elegancia y suntuosidad andaluzas.
El exterior lo han estropeado al suprimirle los cierros, al arrancarle la
balconada del primer piso, al reducir a ventanas frías una arquería de la
tercera planta. Queda, intacta y airosa, la torre de la esquina; queda también,
carcomido, el portal claveteado. Alguien de buen gusto, y ayudándose de viejas
fotografías y de recuerdos como los míos, pudiera reconstruirla y dedicarla a
hospedaje. Es capaz y se presta a parador o a cosa semejante, apta para viajeros
que detesten la uniformidad de los grandes hoteles, aun de los de lujo, como
éste, tan impersonal, en que me alojan.
Hallé también algunas fachadas bellísimas, que
fotografié. Quise hacerlo a la casa donde Anita vivía, en la esquina de una
calle por la que se llega a la plaza, pero la casa ya no existe. En su lugar, y
en un edificio moderno todavía inconcluso, hay instalada una boutique de
ventanas ochavadas.
Naturalmente, me abstuve de preguntar si Anita,
mi amor de aquel verano, vive todavía. No me recordará como yo la recuerdo.”
En España (trad.
F.J.Albertos)
Ted Walker
1987
“Estepona podría
ser peor de lo que es, sin duda lo será en poco tiempo. En menos de una hora de
haber llegado había cambiado un poco y estaba sobrecargado, pero encontré
agradable trabar amistad con el conserje de mi hotel y su perro de tres patas.
El hombre había luchado con los republicanos hasta el final, en Cartagena; todo
lo que hacía ahora, a lo largo del día, era leer libros de historia y entregar
llaves. La población –cuya parte posterior se extiende desde el paseo- todavía
conserva algo de identidad residual e integridad como, dice, Hastings hace,
haciéndolo algo aburrido. Al frente hay una buena estatua de cobre-bronce de dos
pescadores. Tienen su espalda hacia el mar –como si simbolizase el rechazo de
los nativos a su vocación tradicional en favor de la más lucrativa restauración
del veraneante. Ellos miran hacia el norte, hacia el cielo, hacia las colinas:
de donde viene su salvación en aviones desde Luton y Gatwick. La única pesca que
ví fue unas esporádicas cañas en el muelle: un trío de personajes de Dagenham
acarreando unas cajas, como si ellos podrían haberlo hecho justo en el brazo del
puerto de Shoredam-by-sea. La playa no parece invitar. La arena era de un
curioso gris oscuro. Una excavadora estaba trabajando, una cantidad de tubos de
asbesto escamando y quebrando un polvo asesino. Escamándose y quebrándose
también estaba la multitud de pensionistas ingleses y alemanes en la los cafés
frente al mar. Podía haber sido Torquay en los años treinta, viejos distinguidos
tomando bollos con té a las cinco de la tarde. Era agradable, simpático,
adecuado. Pero también había escenas grotescas; un par de viejas señoras en
trajes de baño paseando por la playa, sus estropeados cuerpos parecían criaturas
torturadas por Goya, con la piel picada y marmórea, las venas varicosas e
inconcebibles trozos sin nombre oscilantes entre el pecho y el ombligo a cada
paso que daban; y una vieja gorda (belga: ella llevaba una bandera cosida en sus
bermudas), borracha a la hora del desayuno cruzando a través de un lecho de
geranios, su pecho rosado y con ampollas del sol.”
Las Sierras
del Sur (trad. F.J.Albertos)
Alastair Boyd
1992
“Habiendo alcanzado este punto, cambié mi plan y decidí seguir
por la estrecha cinta del camino que lleva hacia la costa sobre la espina de la
Sierra. Serpenteando a lo largo de una serie de barrancos bajo los siempre
presentes bosques, esta carretera sube al Puerto de Peñas Blancas, una
plataforma barrida por los vientos por la que empieza el descenso. Mejor que la
costa, tomé la pista forestal a la derecha que continúa hacia arriba hasta el
punto más alto de la sierra, Los Reales, con 1452 m sobre el nivel del mar. Un
poco más abajo encontré un refugio que consiste en un bar y restaurante.
El joven encargado es un amante de la naturaleza, cautivado por todas sus
formas. En febrero, dijo, se había producido un tornado, no visto en el
Mediterráneo: los niños tenían que agarrarse a las farolas en Estepona; los
carros de basura se volcaron, una grúa fue levantada y cayó en otro sitio, cayó
granizo del tamaño de un huevo de pato, y finalmente cayó nieve el 19 de mayo y
fue imposible llegar al refugio –lo que no tenía precedentes- durante 12 días,
hasta principios de junio.
‘La atmósfera parece estar cambiando’, le
dije.
‘O la estamos cambiando nosotros’, contestó
sombrío.
Caminé a través de los matorrales y los brezos hasta la cima.
Desde esta altura –mejor que desde algunas excrecencias monstruosas de la
‘fabulosa orilla’- parecía insignificante, una hilera de frágil asentamiento que
fácilmente podía ser abandonado por el vuelo del turista, la subida del nivel
del mar o una nueva edad de los tifones. En poco más de un par de kms de ancho,
estaban confinados entre la playa y las primeras colinas, un terreno de copas de
pinos y cortafuegos habían detenido aparentemente el avance de los constructores
hacia las alturas dominantes.
En un día la amplia vista desde Málaga a Gibraltar cruzaba hasta
Africa y las montañas del Rif. Hoy había neblina. Igualmente, la formidable
valla rojiza de Sierra Bermeja se destacaba suficientemente: yendo al este por
encima de San Pedro y curvándose hasta alcanzar Sierra Blanca por encima de
Marbella; declinando al oeste de donde estaba hacia Casares y el Valle del Genal
antes de arrugarse otra vez en la dirección de Gaucín. Este fue un punto
panorámico desde el que, como en cualquier lugar, uno puede sentir la realidad
de la presencia musulmana en este rincón de la derecha en España, del siglo XVII
y el correspondiente peso de los temores cristianos. Todavía estaban las torres
almenaras que avisaban contra los invasores de la Costa de Berbería, colocadas
justo en la playa, perdidas entre la bruma. Dentro de los pueblos y aldeas de
las sierras estuvieron los habitantes moriscos, sin convertirse al cristianismo,
de espaldas al mar, esperaban desesperadamente el socorro de los reyes de Túnez
y Argel. En el otro lado del Mediterráneo se alzaba la presencia de los turcos,
ya en Chipre, de quienes Felipe II de España todavía esperaba otra invasión
islámica, retrocediendo los ocho siglos de esfuerzo invertido en la
Reconquista.”
Gone to Spain
Tom Provan
Oxford, 2004
“Estepona itself is a wonderfully elegant resort town…”
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© F. J. Albertos, 2010
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